Angustia

En nuestra sociedad es mal de muchos, acecha nuestro ánimo, es angustia. La angustia se nutre de nuestras aflicciones inconscientes. Cuando descubrimos sus raíces se transforma en una nausea que solo se alivia cuando expulsamos la bilis de nuestras entrañas. La impaciencia es la angustia de los ansiosos. La angustia tiene sus raíces en el dolor negado pero no anihilado, que se
cobra su tributo a costa de nuestra consciencia. La falta de esperanza es madre de la angustia de los incrédulos. La angustia es el temor del miedo desconocido, oprime el corazón de su
huésped sin razón aparente pero con causas profundas. Todos pasamos por momentos de angustia, inquietos, nerviosos, desesperados, mareados, atormentados. Es una presión constante que va en aumento y de la que nos parece imposible escapar porque nos engulle y arrastra hacia el vacío de nuestra impotencia. La angustia no tiene remedio pero sí solución, cuando no puedes con lo que padeces acude a quién todo lo puede porque todo lo padeció para nuestra salvación. En oración a nuestro Señor encontrarás la paz que limpia toda angustia y restaura la serenidad del alma. No os olvidéis que la angustia es la seguridad en lo inseguro y no hay descanso posible en tierras movedizas. Oremos, oremos, oremos…..
 “1Dijo Dios a Jacob: Levántate y sube a Betel, y quédate allí; y haz allí
un altar al Dios que te apareció cuando huías de tu hermano Esaú.
2 Entonces
Jacob dijo a su familia y a todos los que con él estaban: Quitad los dioses
ajenos que hay entre vosotros, y limpiaos, y mudad vuestros vestidos.
3 Y
levantémonos, y subamos a Betel; y haré allí altar al Dios que me respondió
en el día de mi angustia, y ha estado conmigo en el camino que he andado.”
Génesis 35:1-3
“1Entonces oró Jonás a Jehová su Dios desde el vientre del pez,
2 y dijo:
Invoqué en mi angustia a Jehová, y él me oyó; Desde el seno del Seol clamé,
y mi voz oíste.”
Jonás 2:1-2
 

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