Fe

Donde el pragmatismo reina la fe escasea.
Es para niños por no decir es de tontos.
Es un acto de debilidad salvo claro si tenemos fe en nosotros mismos.
El mundo ha arrinconado la fe en el desván de las inutilidades cuando debería reinar en nuestro corazón.
Tener fe es de ilusos, solo sabemos dar fe de las cosas, más nos podemos dar lo que no tenemos aunque seamos expertos en prometer lo que no podemos cumplir.

Decimos una fe ciega para escenificar una entrega total cuando la fe, lo primero que hace, es abrirnos los ojos y el corazón para que veamos y aceptemos aquello que nuestra razón nos impide admitir.
La fe es un obsequio de Dios para sus hijos, es el marco espiritual en el que el Espíritu Santo obra en nosotros.
Sin fe no puedes creer, si no crees no puedes ver y si pretendes ver para creer no tienes fe.
¿Cómo se rompe este círculo vicioso?

Si te entregas a Dios sin condiciones recibirás el don de la fe y si lo alimentas con buenas obras crecerá en ti cada día de tu vida.
La fe es la clave para comprender que no todo podemos entender, reta nuestra arrogancia y la invita a rendición.

Se dice que la fe mueve montañas, más la nuestra a menudo se encalla en un granito de arena, será porque es más un deseo que una realidad.

La fe no se explica, se siente, se vive, se goza.

No hay fe perfecta en los hombres, nuestras dudas o debilidades siempre acechan la supuesta firmeza que pretendemos, pero sí hay amor perfecto que no cesa en su empeño de rescatarnos, el amor de Dios.

“FE Certeza de lo que se espera, convicción de lo que no se ve.”
Hebreos 11:1

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